jueves, 7 de abril de 2011

Bosquedad - Claudia De Bella


El elfo corría por el bosque.
Al tiempo que corría, su estela de chispas mágicas salpicaba las hojas, tiñéndolas de un verde más intenso que el que les había inyectado la tormenta. La tierra todavía estaba húmeda. Dentro de poco, ejércitos de duendes laboriosos vendrían a reparar las ramas caídas, los nidos rotos, las plantas torcidas por el viento.
Refulgiendo de azul-alegría, el elfo sonrió. En el bosque nada estaba librado al azar. Nada sobraba. Nada faltaba.
De pronto, un sonido desconocido lo hizo detenerse. Mirando a todos lados, escuchó. Entremezclada con las voces del bosque, una voz humana.
No era un cazador, porque a los cazadores los había ahuyentado hacía mucho tiempo, con los hechizos más simples que conocía: la brisa arremolinada entre las piernas, el susurro aterrador de mil serpientes, el rozar de cien alas de murciélagos invisibles contra las mejillas. Los que más armas tenían eran los primeros en huir.
Tampoco era un campesino, porque los campesinos nunca entraban al bosque. Tenían miedo. En el bosque, decían, aguardaba la muerte.
Y tampoco era un destructor, porque los destructores jamás venían solos. Junto a sus voces ofensivas siempre se escuchaban unos espantosos ruidos metálicos. Igual terminaban escapando, como todos los demás.
El elfo caminó con cautela hacia el sonido, preparando el arco y la flecha que sabía usar tan bien. Si el humano era valiente, como algunos que había conocido, los hechizos no alcanzaban. Había que lanzar la flecha. Después los encontraban en el suelo, a la entrada del bosque: sin una sola herida, pero con el corazón partido en mil pedazos.
En el bosque nada faltaba. Y nada debía sobrar.
Asomó la cabeza por detrás de un matorral, con las orejas puntiagudas inclinadas hacia adelante, y entrevió una figura. Era un humano. Sentado bajo un árbol, con la cabeza apoyada en el tronco descascarado, con los ojos cerrados, el humano tocaba un extraño instrumento y cantaba.
Sorprendido, el elfo bajó el arco para escuchar. Su cuerpo delgado comenzó a brillar de ámbar-curiosidad. Nunca había oído la música de los humanos; sólo sus gritos, el tronar de sus armas, el jadeo de angustia y perplejidad cuando la flecha les rompía el corazón.
El humano cantaba algo triste que, en el silencio animado del bosque, parecía adquirir un carácter más sombrío. Para el elfo, las palabras que entonaba sonaban como todas las palabras humanas: toscas, burdas, apenas expresivas... pero, sin embargo, la historia que contaban no le era ajena.
Era la historia de los hombres que pensaban que en el bosque algo faltaba. Algo sobraba. Y lo que sobraba era el bosque, y lo que faltaba no era del bosque, eran cosas que había que traer de otros lugares, cuando el bosque ya no existiera. Cosas de líneas rectas y de colores artificiales.
Y también era la historia de los que pensaban que en el mundo faltaba gente. Sobraba gente. Sobraba la gente que, en vez de destruir bosques, prefería cantar. Faltaba más gente que, en vez de cantar, contribuyera al avance de las líneas rectas.
Y también era la historia del humano que cantaba. Que pensaba, como el elfo, que en el bosque nada faltaba. Nada sobraba, excepto el salvajismo de los que no sabían cantar, los mismos que lo habían desterrado al bosque para que después apareciera en el suelo, sin una sola herida, pero con el corazón partido en mil pedazos. Para que nadie más se atreviera a pensar, como él, que las líneas rectas no debían seguir avanzando.
El humano cantaba, y de pronto comenzó a llorar. Y el elfo, irradiando celeste-compasión, lloró también. Por la estocada traicionera de las líneas rectas, por la ignorancia del mundo, por el sincero dolor que este humano sentía por la muerte del bosque. La suya no le importaba.
Lentamente, los sollozos del humano se fueron apagando. Con los ojos todavía cerrados, pulsó otra vez las cuerdas tensas de su instrumento y la música volvió a entrelazarse con las hojas, las raíces, el murmullo de las flores que se abrían.
El elfo tensó su propia cuerda. Levantó el arco. Apuntó.
La flecha que salió disparada hacia el humano estaba envuelta en una radiante claridad, en una nube de diminutas explosiones blancas que aparecían y desaparecían en un instante. Recorrió el aire, dibujando a su paso una cinta brumosa, y se clavó en el humano que cantaba.
La magia de los elfos es la más poderosa del bosque. Nadie sabe partir un corazón en mil pedazos sin dejar ninguna herida. Nadie sabe multiplicar por mil la capacidad de reconocer una verdad. Nadie, salvo los elfos.
El humano tuvo una sensación en la frente, como de algo que entraba, que se hundía, que le atravesaba el cerebro de lado a lado. Entonces, mezcladas con su propio canto, comenzó a escuchar las voces del bosque, las que salían del árbol donde se apoyaba, del musgo que cubría el tronco, de la tierra blanda. Asombrado, entendió lo que le decían, y su rostro triste se llenó de gozo. Las voces decían que querían recibirlo, que el bosque era el hogar de todos los que amaban al bosque, que el bosque no expulsaba a los que querían cuidar del bosque. Y que no había flecha que pudiera romper en mil pedazos un corazón inmune a las líneas rectas.
Lleno de felicidad, el humano cantó con el bosque.
Satisfecho, el elfo lo escuchó un poco más y después se alejó. Mientras se perdía en la espesura, fulgurando de amarillo-sabiduría, volvió a sonreír, porque en el bosque nada estaba librado al azar. Porque, una vez más, nada sobraba. Nada faltaba.
Ni siquiera un corazón intacto.

Claudia De Bella

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